El peso de un apellido y el brillo de una extraña
Había pasado toda la tarde en reuniones donde las palabras «rentabilidad», «expansión» y «dividendos» se repetían hasta perder el sentido. Para el mundo, yo era Brian Martínez, el heredero de un imperio. Para mí, en días como hoy, solo era un hombre cansado de ser una cifra en una hoja de cálculo.
Me senté en el sofá de la recepción de mi propio hotel, buscando un momento de anonimato antes de subir a la suite. El maletín pesaba en el suelo, pero no tanto como el aburrimiento crónico que arrastraba desde hacía meses. Nada me sorprendía. Nada me sacaba de mi apatía.
Hasta que la vi.
Estaba allí, sentada en uno de los sofás de terciopelo, mirando la puerta con impaciencia. La misma chica del aeropuerto. La que me había arrollado por la mañana con su tesis y su olor a vainilla y nervios.
Sentí un vuelco en el estómago que no tenía nada que ver con los negocios. ¿Qué probabilidades había?
Me acerqué, desabotonándome la chaqueta, sintiendo por primera vez en mucho tiempo una descarga de adrenalina real. Cuando se giró y me reconoció, su sonrisa fue como un impacto directo.
—Tú —dijo ella.
—Yo —confirmé, y juro que en ese momento se me olvidó que era el dueño del edificio en el que estábamos.
Hablamos. Me contó que sus amigas la habían dejado tirada. Me pareció un crimen que alguien pudiera dejar a una mujer con esa luz sola en una recepción fría. Su espontaneidad era un soplo de aire fresco; no me miraba como a un Martínez, me miraba como al chico que la había ayudado a no caerse de culo en la terminal.
—Oye, no quiero parecer un psicópata desesperado, pero… ¿me dejas invitarte a una copa? —le solté.
Mientras caminábamos hacia la barra, la observé de reojo. Llevaba una ropa sencilla, se había cambiado el uniforme de la compañía aérea y parecía… auténtica. Yo, que vivía rodeado de fachadas de cristal y sonrisas ensayadas, me sentí peligrosamente atraído por su desorden.
Cuando el camarero me sirvió mi bebida de siempre sin que yo abriera la boca, vi su gesto de extrañeza.
—¿Vienes mucho por aquí? —me preguntó con picardía.
—Podría decirse que sí —respondí, ocultando la verdad bajo una sonrisa.
Hablamos durante un buen rato. Me hacía reír con una facilidad asombrosa. Estaba tan a gusto con ella que el tiempo parecía ir muy rápido y muy despacio a la vez. Había una compenetración entre nosotros que jamás había experimentado.
Pero se estaba haciendo tarde, y de alguna forma me entró un pánico irracional. No quería que se marchara sin más.
—Mira, sé que voy a parecer un lanzado, y créeme cuando te digo que no es normal en mí, pero… no sé si puedo aguantar mucho más sin besarte —le solté sin pensar.
Su mirada llena de deseo me encendió por dentro. Tenía unos labios preciosos. Nos acercamos a la vez, sus manos me tocaron por fin y yo ahogué un suspiro al sentir su aliento rozando mis labios.
Pero no llegamos a besarnos. Se detuvo a unos milímetros. Durante un segundo no tenía ni idea de qué ocurría, hasta que miré detrás de ella y lo comprendí. Esa noche no iba a terminar como habría deseado. Pero no me importó.
No sabía quién era Eileen, pero sabía que necesitaba volver a verla. En ese momento, mientras la veía alejarse, tomé una decisión impulsiva: le mandaría un coche, la llevaría a mis rincones favoritos y, por una vez, intentaría ser solo Brian.
Porque ella brillaba. Y yo estaba harto de vivir en la sombra de mi propio apellido.
